
Muchas veces decimos que los jóvenes son los que se ven más perturbados cuando hablamos de moda, pero podemos decir también que a lo largo de nuestra vida este fenómeno se da en todas las edades. En los últimos años el tema de la moda tecnológica se observa muy a menudo, ya que a la mayoría de la juventud le afecta muchísimo que es lo último que salio al mercado (como celulares, mp3, mp4, plasmas, etc.) y frustrándose en muchos casos por si no tienen por Ej.: el último modelo de celular. Poniendo en evidencia a nuestros encuestados, estos responden que a la mayoría no les interesa tener lo último en tecnología, pero que sí lo quisieran. Por éste motivo vemos como una cantidad de jóvenes no se dan cuenta que la moda los afecta y mucho.
Según Wikipedia, "El consumismo es un término que se utiliza para describir los efectos de igualar la felicidad personal a la compra de bienes y servicios o al consumo en general." Es esa necesidad que tienen algunos de cambiar constantemente sus teléfonos móviles y tener siempre lo último, por miedo a perder status social, a ser menos que sus pares. Es lo que obliga a miles de personas a hacer filas frente a las tiendas para comprar, por ejemplo, un iPhone. Es ese enceguecimiento, esa compulsión, que nos obliga a comprar algo antes de preguntarnos si realmente lo necesitamos. Muchos atribuyen esa necesidad de consumir a la falta de identidad, de propósito, de realización personal, de la humanidad actual.
Al tener la vida más fácil que nuestros antepasados, las sociedades ricas pierden su propósito. Y aquellos individuos que no encuentran "su misión en la vida", tratan de comprarla. El consumismo, comprar por comprar, también es un mandato social, agudizado por lo que las corporaciones nos han hecho creer. Porque, en definitiva, ¿no son las personas con el último teléfono móvil, que siguen ciegamente las modas, que tienen el mejor coche del mercado, las que gozan de mejor status social? Consumir, tener tal o cual cosa, no solo habla de nuestros gustos, sino deja en claro que tenemos el dinero suficiente como para dárnoslos. Y el dinero, es poder, es status. Pero el dinero sin bienes que lo acrediten es algo intangible. La demostración de status pasa entonces por tener cosas que hablen de cuanto dinero tenemos. Lo peor del caso es que ha quedado demostrado que la felicidad no se puede comprar. Las sociedades ricas, presas del consumismo, son las que, estadísticamente, registran mayores casos de depresión, alcoholismo, crimen, ansiedad, obesidad y suicidios.
Nuestros jóvenes santafesinos responden que les agrada comprarse ropa (en varias ocasiones mas de una vez por mes) en cantidad moderada, apeteciéndole tener lo último (sin agradarle vestimenta de la temporada anterior), este consumo es bastante aunque la mayoría de ellos afirma comprarse lo justo y necesario.
Ir a la peluquería es algo que se ve en muchos casos en ambos sexos (el 90% una vez cada 2 meses) ya que la apariencia cumple un papel fundamental en la vida no solo de los jóvenes si no también de cualquier individuo. Las personas maniacas del pelo son las de menor porcentaje pero siempre hay un grupo (de menor medida) que lo es. Y volviendo a la apariencia, a la gran mayoría de los encuestados le gusta estar bronceados por un simple hecho estético, “porque queda mas lindo”, “porque mejora tu apariencia”.
Según Wikipedia, "El consumismo es un término que se utiliza para describir los efectos de igualar la felicidad personal a la compra de bienes y servicios o al consumo en general." Es esa necesidad que tienen algunos de cambiar constantemente sus teléfonos móviles y tener siempre lo último, por miedo a perder status social, a ser menos que sus pares. Es lo que obliga a miles de personas a hacer filas frente a las tiendas para comprar, por ejemplo, un iPhone. Es ese enceguecimiento, esa compulsión, que nos obliga a comprar algo antes de preguntarnos si realmente lo necesitamos. Muchos atribuyen esa necesidad de consumir a la falta de identidad, de propósito, de realización personal, de la humanidad actual.
Al tener la vida más fácil que nuestros antepasados, las sociedades ricas pierden su propósito. Y aquellos individuos que no encuentran "su misión en la vida", tratan de comprarla. El consumismo, comprar por comprar, también es un mandato social, agudizado por lo que las corporaciones nos han hecho creer. Porque, en definitiva, ¿no son las personas con el último teléfono móvil, que siguen ciegamente las modas, que tienen el mejor coche del mercado, las que gozan de mejor status social? Consumir, tener tal o cual cosa, no solo habla de nuestros gustos, sino deja en claro que tenemos el dinero suficiente como para dárnoslos. Y el dinero, es poder, es status. Pero el dinero sin bienes que lo acrediten es algo intangible. La demostración de status pasa entonces por tener cosas que hablen de cuanto dinero tenemos. Lo peor del caso es que ha quedado demostrado que la felicidad no se puede comprar. Las sociedades ricas, presas del consumismo, son las que, estadísticamente, registran mayores casos de depresión, alcoholismo, crimen, ansiedad, obesidad y suicidios.
Nuestros jóvenes santafesinos responden que les agrada comprarse ropa (en varias ocasiones mas de una vez por mes) en cantidad moderada, apeteciéndole tener lo último (sin agradarle vestimenta de la temporada anterior), este consumo es bastante aunque la mayoría de ellos afirma comprarse lo justo y necesario.
Ir a la peluquería es algo que se ve en muchos casos en ambos sexos (el 90% una vez cada 2 meses) ya que la apariencia cumple un papel fundamental en la vida no solo de los jóvenes si no también de cualquier individuo. Las personas maniacas del pelo son las de menor porcentaje pero siempre hay un grupo (de menor medida) que lo es. Y volviendo a la apariencia, a la gran mayoría de los encuestados le gusta estar bronceados por un simple hecho estético, “porque queda mas lindo”, “porque mejora tu apariencia”.
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